Terapia somática
Cuando ya entendiste todo y el cuerpo sigue en alerta
Hay personas que llegan a mi consultorio habiendo hecho todo bien.
Fueron a terapia. Entienden de dónde viene lo que les pasa. Pueden contar su historia con lucidez y ubicar el momento en que algo se rompió. Han leído. Han trabajado.
Y sin embargo el cuerpo sigue reaccionando como si nada de eso hubiera ocurrido. El corazón se acelera sin motivo. El sueño no repara. Hay una tensión en el pecho que no cede, un estómago que se cierra el domingo en la noche. O al revés: no aparece nada, hay una especie de niebla, de estar viendo la propia vida desde afuera.
No es falta de voluntad ni de inteligencia. La comprensión y el sistema nervioso hablan idiomas distintos. La terapia somática trabaja en el segundo.
Tu cuerpo tiene un acelerador y un freno
Buena parte de lo que te mantiene vivo ocurre sin que lo decidas: el latido, la presión, la digestión, la temperatura, el sueño. De eso se encarga el sistema nervioso autónomo. Autónomo quiere decir exactamente eso: no te pide permiso.
Tiene dos grandes ramas, y vale la pena conocerlas por su nombre.
El simpático es el acelerador. Se enciende cuando hay que actuar: subir una escalera, llegar tarde a una cita, esquivar un coche. El corazón late más rápido, la respiración se acorta, la sangre se va a los músculos grandes, el hígado suelta azúcar y la atención se estrecha hacia lo que importa. Las suprarrenales liberan adrenalina y, si la exigencia se prolonga, cortisol. Todo el organismo se prepara para moverse.
Para lograrlo, apaga lo que no es urgente. La digestión se detiene, la reparación de los tejidos se pospone, el deseo baja, el sistema inmune cambia de prioridades. Tiene sentido: nadie digiere mientras huye.
El parasimpático es el freno, y también la casa. Su nervio principal es el vago, que baja del tronco cerebral hasta el abdomen y toca casi todos los órganos a su paso. Cuando predomina, el corazón se desacelera, vuelve la saliva, el intestino se mueve, los tejidos se reparan y llega el sueño profundo.
La digestión es parasimpática. Por eso, cuando vives en alerta, muchas veces lo primero que se descompone es el estómago.
Ninguna de las dos ramas es buena o mala. Necesitas las dos, y las necesitas turnándose.
Y un tercer recurso, el más antiguo: apagarse
Cuando la amenaza es demasiado grande y no hay manera de huir ni de pelear, el organismo tiene un último recurso: inmovilizarse. Es lo que hace un animal que se hace el muerto. Baja la presión, el cuerpo se afloja o se congela, el dolor se amortigua, todo se percibe lejano.
El investigador Stephen Porges propuso que esta respuesta depende de una rama antigua del vago, distinta de la que nos calma, y que los mamíferos tenemos además un circuito que regula el corazón a través de los otros: la cara, la voz, la mirada. Su modelo se sigue discutiendo en la academia. Yo lo uso porque describe con mucha precisión lo que veo en consulta, no como una ley.
Lo importante es esto: apagarse no es debilidad ni una decisión. Es una estrategia de supervivencia. Cuando se queda encendida, se vive como un cansancio que no se quita, desconexión, depresión, niebla mental, la sensación de no estar del todo en el propio cuerpo.
La salud es un ritmo
Un sistema nervioso sano no está siempre tranquilo. Sube cuando hace falta y baja cuando la exigencia termina. Activación, descarga, recuperación. Como una ola.
Se puede ver incluso en el corazón. Al inhalar, el latido se acelera un poco; al exhalar, se desacelera. Esa variación entre un latido y otro es una de las mejores medidas que tenemos del trabajo del vago. En general, más variabilidad es mejor señal: quiere decir que el freno funciona, se suelta y se vuelve a poner.
El psiquiatra Daniel Siegel llamó ventana de tolerancia al rango de activación dentro del cual podemos sentir, pensar y responder sin desorganizarnos. No es un punto fijo. Se estrecha con el hambre y con el agotamiento. Se ensancha en compañía de alguien con quien nos sentimos seguros. Y se puede ensanchar con práctica, a cualquier edad.
Regular el sistema nervioso no significa estar siempre en calma. Significa tener rango: poder activarte y poder volver.
Qué pasa cuando el ritmo se pierde
Cuando la exigencia no termina, o terminó por fuera pero no por dentro, la ola se vuelve ruido. El sistema se queda atorado.
Atorado en el acelerador: ansiedad, palpitaciones, un sueño ligero que se corta a las tres de la mañana, la mandíbula apretada, colon irritable, presión alta, irritabilidad, dificultad para descansar sin culpa.
Atorado en el apagón: cansancio que el sueño no quita, apatía, depresión, entumecimiento, digestión lenta, desconexión, la vida vista detrás de un vidrio.
Las dos cosas a la vez, que es más frecuente de lo que parece: por fuera quieto, por dentro a toda velocidad. Es como pisar el acelerador y el freno al mismo tiempo. El auto no se mueve, pero el motor sigue a setenta kilómetros por hora y se está calentando.
El neuroendocrinólogo Bruce McEwen llamó carga alostática al desgaste que deja en el cuerpo adaptarse una y otra vez al estrés. No se nota de un día para otro. Se acumula en el corazón y los vasos, en el metabolismo, en la inmunidad, en el sueño, en la manera en que el cerebro procesa el dolor.
Visto así, los síntomas no son el daño en sí. Muchas veces son la manera en que el organismo contiene una activación que no encontró salida.
No hace falta haber vivido una tragedia
La terapia somática nació para trabajar con el trauma, y ese sigue siendo su terreno más firme. Pero lo que la sostiene, un sistema nervioso que perdió su ritmo, no es exclusivo de quien vivió algo terrible.
Llega por un accidente o una cirugía. Por un parto difícil. Por años de trabajo sin pausa. Por una enfermedad crónica, que es en sí misma una amenaza sostenida para el cuerpo. Por haber crecido en una casa donde había que estar atento todo el tiempo. Por una cultura que confunde velocidad con valor. El mal vive en la prisa.
Como médico lo veo con mucha frecuencia: la migraña que empeora en temporada de cierre, el colon que se inflama antes de cada viaje, el dolor de espalda que ningún estudio explica, la persona que duerme ocho horas y despierta agotada, la enfermedad autoinmune que se enciende después de una pérdida. No digo que todo venga del sistema nervioso. Digo que casi todo pasa por él.
Por eso este trabajo puede acompañar cualquier tratamiento médico. No lo sustituye. Le da al cuerpo mejores condiciones para hacer lo que ya sabe hacer: digerir, dormir, reparar, defenderse.
Lo que hacen los animales
Los animales salvajes viven bajo amenaza constante. Un impala es perseguido, alcanzado, casi devorado, y si sobrevive vuelve a pastar. No desarrolla insomnio. No evita el lugar.
Cuando un venado se asusta y descubre que no hay peligro, primero tiembla. Un temblor pequeño que empieza en el cuello, baja por el pecho y termina en las patas. Después vuelve a comer.
Ese temblor no es un síntoma. Es el sistema nervioso terminando de descargar la energía que movilizó para defenderse. Peter Levine lo describe en su libro Curar el trauma. Nosotros tenemos el mismo mecanismo. Lo que hemos perdido es el permiso para usarlo: nos enseñaron a aguantarnos, a no temblar, a seguir.
Cómo funciona la terapia somática
Casi todas las terapias trabajan de arriba hacia abajo: de la idea a la emoción y, con suerte, al cuerpo. Esta va en la otra dirección. Empieza por la sensación: el peso del cuerpo en la silla, el calor en las manos, el nudo en la garganta. Desde ahí, poco a poco, aparecen la emoción, la imagen y, al final, el sentido.
Primero la seguridad, después lo difícil. Antes de acercarnos a lo que duele, buscamos lo que en ti ya funciona: un lugar del cuerpo donde hay calma, una persona, un recuerdo, un paisaje. El sistema nervioso no se abre porque se lo pidan. Se abre cuando se siente a salvo.
Poco a poco. No se trata de abrir la herida de golpe, sino de acercarse un poco, notar lo que pasa y volver a lo que sostiene. Ir y venir. Cada vuelta le recuerda al cuerpo algo que había olvidado: que puede activarse y regresar. Muchas veces llegas más rápido yendo más lento.
Dejar que el cuerpo termine. Cuando la activación encuentra salida, el cuerpo lo muestra: un temblor leve, calor que sube, una respiración que de pronto se vuelve profunda, ruidos en el estómago, ganas de llorar o de reír. Es el mismo mecanismo del venado. No lo provocamos ni lo forzamos. Le damos espacio y tiempo.
Y hay algo que ninguna técnica sustituye: la relación. Los sistemas nerviosos se regulan entre sí, a través de la voz, de la mirada, del ritmo de la respiración. Nadie aprende a calmarse solo; lo aprendimos, o no, en los brazos de alguien. No se trata solo de saber, sino de sentir y ser sentidos.
Cómo es una sesión
Nos sentamos y conversamos, como en cualquier terapia. La diferencia está en dónde ponemos la atención. En algún momento te voy a preguntar algo que puede sonar extraño la primera vez: ¿y eso dónde lo sientes?
No hace falta que sepas responder. Muchas personas al principio no sienten casi nada, o solo sienten el problema. Eso también es información, y es un buen punto de partida.
A veces trabajamos también con el movimiento: una postura que quiere cambiar, un gesto que se quedó a medias. Siempre a un ritmo que puedas sostener. Puedes parar en cualquier momento: poder decir que no es parte del tratamiento, no una interrupción de él.
Las sesiones duran 60 minutos, en persona en Tepoztlán o en línea por videollamada, en español o en inglés.
Qué no es
No hace falta revivir lo que pasó. Ni contarlo todo, ni recordarlo con claridad. Se puede trabajar con lo que el cuerpo registra aunque la memoria tenga huecos.
No es catarsis. No se trata de sacar todo afuera, sino de construir la capacidad de sentir sin desbordarse. Una descarga grande y dramática casi siempre quiere decir que fuimos demasiado rápido.
No es relajación. Relajarse es un resultado, no una instrucción. A una persona en alerta, pedirle que se relaje suele alertarla más.
Y no es rápido ni promete curas.
Para quién puede no ser el camino, o no todavía
Si estás en una situación de peligro actual, lo primero no es terapia, es seguridad. Si hay un cuadro psiquiátrico activo con tratamiento farmacológico, esto no lo sustituye; puede acompañarlo, en coordinación con quien lo lleve. Y si buscas eliminar un síntoma en tres sesiones, probablemente no es esto. Este trabajo va hacia la raíz, y la raíz toma su tiempo.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la terapia somática?
Es un enfoque terapéutico que trabaja con las sensaciones del cuerpo para ayudar al sistema nervioso a salir de la activación crónica que dejan el trauma y el estrés, y a recuperar su ritmo natural entre actividad y descanso.
¿Sirve si no viví un trauma?
Sí. El mismo mecanismo está detrás de mucha ansiedad, insomnio, problemas digestivos, dolor crónico y agotamiento. No necesitas una historia terrible para tener un sistema nervioso que perdió su ritmo.
¿Tengo que contar o revivir lo que me pasó?
No. Se trabaja con lo que el cuerpo registra, a tu ritmo, sin revivir el evento ni narrarlo en detalle.
¿Tiene evidencia científica?
La investigación sobre terapias somáticas del trauma es joven. Hay estudios con resultados prometedores en estrés postraumático, y hacen falta más. Lo que sí está bien documentado es la fisiología en la que se apoya: cómo el estrés sostenido afecta al corazón, la digestión, la inmunidad y el dolor. Prefiero decirte eso a venderte certezas que la ciencia todavía no da.
¿Las sesiones son en línea o presenciales?
Las dos. Atiendo en persona en Tepoztlán, Morelos, y en línea por videollamada. Cada sesión dura 60 minutos, en español o en inglés.
¿Cuántas sesiones voy a necesitar?
Depende de cada persona y de lo que trae. No trabajo con un número fijo de sesiones ni prometo resultados en un plazo. En la primera sesión vemos juntos qué tiene sentido para ti.
¿Sustituye a la medicación psiquiátrica?
No. Puede acompañar un tratamiento psiquiátrico, en coordinación con quien lo lleva. Nunca sugiero suspender ni cambiar un medicamento.
¿Quién da las sesiones?
Yo, Juan Moller: médico cirujano y homeópata por la Universidad del Valle de Atemajac, con formación de tres años en terapia somática del trauma y psicoterapeuta Gestalt por la Escuela de Gestalt Viva Claudio Naranjo. Más sobre mí.
Empezar
Si algo de esto te suena, podemos conversar. En la primera sesión vemos juntos qué está pasando en tu cuerpo y qué tiene sentido hacer. Sin prisa.